Jorge Schaulsohn no merecía que lo echaran. El debió haberse ido sólo. Debió irse cuando quiso ser alcalde de Santiago y no ganó, cuando quiso ser ministro y no lo designaron, cuando quiso ser dirigente y no lo eligieron. Cuando descubrió que el PPD usaba platas fiscales y él no hizo nada. Cuando pensó que de la cruza entre el PPD y RN podría salir un nuevo referente. Cuando hizo de las influencias un buen negocio. Ahora, es demasiado tarde.
La expulsión de Jorge Schaulsohn del PPD es tan razonable como inoportuna. Razonable porque, en esencia, el ex diputado hace tiempo ya que camina por una vereda distinta a la del Partido por la Democracia. Inoportuna porque la decisión de expulsarlo viene a coronar una seguidilla de malas acciones emprendidas por esa colectividad, que ha terminado haciendo justamente aquello que critica al propio Schaulsohn, es decir, perforar a la Concertación, o lo que va quedando de ella.
Schaulsohn afirma que su expulsión fue una decisión política de la cúpula del PPD. Sí, claro. Así funcionan los partidos políticos. Toman decisiones políticas ?buenas o malas, pero siempre políticas-. Ello no debiera sorprender a nadie. También sostiene que a él ?tampoco? le ?parecía malo" el desvío de dineros públicos. Un mea culpa tardío. Es distinto sostener que ?aquí se creó una ideología de la corrupción? a decir que ?creamos una ideología?. El límite entre ser un acusador implacable y confesarse parte del sistema se define por una forma verbal.
Desde Nueva York ?donde Shaulsohn trabaja para variopintos jefes cuyas ollas cocinas caldos tanto o más espesos que el de su partido- el ex diputado sostiene que no apelará a la determinación pues la directiva de su ex partido ?no ofrece las más mínimas garantías y no tiene ningún sentido perder el tiempo ahí". Estamos de acuerdo. El ex diputado ?que también fue presidente del PPD y que también operó políticamente en función de los intereses de su grupo- estaba perdiendo su tiempo en un partido con el que él no estaba cómodo y al que su presencia tampoco acomodaba. De otro modo, su última aventura en las elecciones internas habría tenido otro final.
Curioso. Hace pocos meses, don Jorge quería ser secretario general de este partido estalinista, así como Flores, don Fernando quería ser presidente de esa misma pandilla de mafiosos. A ninguno de los dos les fue bien.
Pero tenía razón Flores. El PPD se convirtió en un lote de camorreros, que no es capaz de resolver sus problemas y diferencias en una mesa de negociación, sino que prefiere salir a la plaza pública para trenzarse a golpes. Porque la discusión política del PPD se ha producido estos días a través de los medios informativos. Ningún respeto, ningún decoro. De estúpidos y cobardes se han tratado. Gran nivel en la conversación. Vergüenza para los militantes, fastidio para los concertacionistas, circo para los no alineados y alimento para la derecha.
Probablemente, el reflejo de la nieve neoyorkina sobre los ventanales de Wall Street avive en Jorge Schaulsohn el recuerdo de otros tiempos. Tiempos en lo que se sentía identificado con el PPD y el PPD se sentía identificado con él. Hoy lo echaron, con la peor excusa y en el peor momento. Schaulsohn no merecía que lo echaran. El debió haberse ido sólo. Debió irse cuando quiso ser alcalde de Santiago y no ganó, cuando quiso ser ministro y no lo designaron, cuando quiso ser dirigente y no lo eligieron. Cuando descubrió que el PPD usaba platas fiscales y él no hizo nada. Cuando pensó que de la cruza entre el PPD y RN podría salir un nuevo referente. Cuando hizo de las influencias un buen negocio. Ahora, es demasiado tarde. (Leer más)
El divorcio de Schaulsohn y el PPD
Jorge Schaulsohn no merecía que lo echaran. El debió haberse ido sólo. Debió irse cuando quiso ser alcalde de Santiago y no ganó, cuando quiso ser ministro y no lo designaron, cuando quiso ser dirigente y no lo eligieron. Cuando descubrió que el PPD usaba platas fiscales y él no hizo nada. Cuando pensó que de la cruza entre el PPD y RN podría salir un nuevo referente. Cuando hizo de las influencias un buen negocio. Ahora, es demasiado tarde.
La expulsión de Jorge Schaulsohn del PPD es tan razonable como inoportuna. Razonable porque, en esencia, el ex diputado hace tiempo ya que camina por una vereda distinta a la del Partido por la Democracia. Inoportuna porque la decisión de expulsarlo viene a coronar una seguidilla de malas acciones emprendidas por esa colectividad, que ha terminado haciendo justamente aquello que critica al propio Schaulsohn, es decir, perforar a la Concertación, o lo que va quedando de ella.
Schaulsohn afirma que su expulsión fue una decisión política de la cúpula del PPD. Sí, claro. Así funcionan los partidos políticos. Toman decisiones políticas ?buenas o malas, pero siempre políticas-. Ello no debiera sorprender a nadie. También sostiene que a él ?tampoco? le ?parecía malo" el desvío de dineros públicos. Un mea culpa tardío. Es distinto sostener que ?aquí se creó una ideología de la corrupción? a decir que ?creamos una ideología?. El límite entre ser un acusador implacable y confesarse parte del sistema se define por una forma verbal.
Desde Nueva York ?donde Shaulsohn trabaja para variopintos jefes cuyas ollas cocinas caldos tanto o más espesos que el de su partido- el ex diputado sostiene que no apelará a la determinación pues la directiva de su ex partido ?no ofrece las más mínimas garantías y no tiene ningún sentido perder el tiempo ahí". Estamos de acuerdo. El ex diputado ?que también fue presidente del PPD y que también operó políticamente en función de los intereses de su grupo- estaba perdiendo su tiempo en un partido con el que él no estaba cómodo y al que su presencia tampoco acomodaba. De otro modo, su última aventura en las elecciones internas habría tenido otro final.
Curioso. Hace pocos meses, don Jorge quería ser secretario general de este partido estalinista, así como Flores, don Fernando quería ser presidente de esa misma pandilla de mafiosos. A ninguno de los dos les fue bien.
Pero tenía razón Flores. El PPD se convirtió en un lote de camorreros, que no es capaz de resolver sus problemas y diferencias en una mesa de negociación, sino que prefiere salir a la plaza pública para trenzarse a golpes. Porque la discusión política del PPD se ha producido estos días a través de los medios informativos. Ningún respeto, ningún decoro. De estúpidos y cobardes se han tratado. Gran nivel en la conversación. Vergüenza para los militantes, fastidio para los concertacionistas, circo para los no alineados y alimento para la derecha.
Probablemente, el reflejo de la nieve neoyorkina sobre los ventanales de Wall Street avive en Jorge Schaulsohn el recuerdo de otros tiempos. Tiempos en lo que se sentía identificado con el PPD y el PPD se sentía identificado con él. Hoy lo echaron, con la peor excusa y en el peor momento. Schaulsohn no merecía que lo echaran. El debió haberse ido sólo. Debió irse cuando quiso ser alcalde de Santiago y no ganó, cuando quiso ser ministro y no lo designaron, cuando quiso ser dirigente y no lo eligieron. Cuando descubrió que el PPD usaba platas fiscales y él no hizo nada. Cuando pensó que de la cruza entre el PPD y RN podría salir un nuevo referente. Cuando hizo de las influencias un buen negocio. Ahora, es demasiado tarde. (Leer más)
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Mi saludo de Navidad

El dibujo original de Charlie Marx es de Daniel Paz. Yo sólo lo convertí en Santa Claus.
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Primero se llevaron a los comunistas
"Primero se llevaron a los comunistas
pero a mí no me importó
porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros
pero a mí no me importó
porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas
pero a mí no me importó
porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas
pero como yo no soy religioso
tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí
pero ya es tarde."
Martin Niemöller
pero a mí no me importó
porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros
pero a mí no me importó
porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas
pero a mí no me importó
porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas
pero como yo no soy religioso
tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí
pero ya es tarde."
Martin Niemöller
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La sombra perecedera de Augusto Pinochet
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Adiós general. Adiós carnaval
Una apacible tarde de domingo, rodeado del cariño de los suyos ?que quizá no eran demasiados, pero nunca tan pocos- dejó este mundo Augusto Pinochet. Falleció a pocos días de haber cumplido 91 años ?unos 15 más que la expectativa media de vida de los chilenos-, mientras se recuperaba de un ataque cardiaco internado en una de las mejores clínicas del país, el Hospital Militar.
Hoy ese recinto, como todas las unidades militares del territorio nacional, luce la bandera chilena a media asta.
Pinochet nunca pisó un recinto penitenciario en calidad de procesado ni menos aún de condenado. No pagó por los crímenes que se cometieron bajo su prolongado mandato. Si bien sus seguidores incondicionales ?y algunos aparecidos de última hora- rescatan y glorifican ?la obra? de su gobierno, el certificado de ingreso a la historia del general dice claramente ?dictador?. Aunque 2 mil desaparecidos no sean tantos, como alguna vez él mismo argumentó.
En lo público, la figura de Pinochet siempre generó divisiones en el país. Durante los últimos tiempos, más por la tozuda incondicionalidad de sus fieles y la férrea protesta de sus detractores que por la relevancia política del personaje que, dicho sea de paso, era ya bastante escasa. ?General, General, lo venemoh a saludar!!!? coreaban para su santo y su cumpleaños grupos de leales señoras que, permanente recién hecha y foto del general en ristre, se formaban ordenadamente en las afueras de la residencia del ex dictador, dibujando un triste remedo de los honores militares que recibía habitualmente Pinochet con ocasión de sus festejos particulares. Fueron las mismas que lo lloraron mientras estuvo detenido en Londres y son las mismas que, con lágrimas sinceras, también lo lloran hoy.
La presencia de Pinochet en la discusión pública dejó de ser política desde su regreso de Londres. El último año, las noticias sobre su persona tenían que ver o con su estado de salud o con las acusaciones sobre apropiación indebida de recursos. La derecha chilena hace tiempo que no consideraba a Pinochet. El maquillaje derechista de fines de los 80 y principios de los noventa no bastaba para estos tiempos. El mal no se podía ocultar con un make up, había que hacer cirugía plástica y extirpar la presencia molesta. Y así nomás fue.
La muerte de Pinochet viene a cerrar un capítulo de la historia del cual ?me imagino- tenemos varias lecciones por extraer, no sólo sobre las razones que motivaron el golpe de estado y una dictadura de 17 años, sino también sobre nuestra capacidad como país para resolver materias de derechos humanos y aplicar justicia. Y en ese tema, con el general, quedamos en deuda.
No me conmueve la muerte del general. Tampoco me motiva al extremo tal de salir a celebrar porque, sencillamente, siento que su muerte no significa un triunfo sobre el dictador o un castigo para sus actos. El hombre se murió de viejo, y libre. Eso a mi modo de ver. Quien quiera celebrarlo y sienta que tiene motivos para ello, que lo haga, en su casa o en la calle. Quien quiera llorarlo, que lo llore donde mejor le plazca. Hubo unos cuantos que dieron la pelea para que ambos bandos tengan hoy esa libertad. Porque los odios y los amores se viven con intensidad, no admiten argumentos de razón, ni toleran recetas dictadas desde la comodidad de un laptop durante una tarde calurosa de domingo. (Leer más)
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Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.
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