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(Cuento)
La repetición mental obsesiva de una canción de Kudai no me deja dormir. "Un día de paz", claman los muchachos en afinado coro que recorre mi cabeza de lado a lado. Yo también quiero paz, pienso, pero se me escapa de las manos, como si no quisiera concederme su tan anhelado toque.
Faltan 15 minutos para las 4 de la madrugada. El insomnio, una vez más, se ha festinado conmigo. Me acaricio suavemente la oreja izquierda, tal y como solía hacerlo cuando era niño para conciliar el plácido sueño de la
A propósito del 11 de septiembre, una canción sobre la tolerancia y también sobre la ceguera de los hombres. Jorge Drexler, el mismo de "Al otro lado del río" -la canción que se ganó un Oscar por Diarios de Motocicleta-, escribió esta canción hace algunos años, inspirada en un par de ideas que le regaló en un bar de Madrid su amigo y mentor Joaquín Sabina. Que les aproveche.
El 8 de septiembre de 1986 mataron a Pepe Carrasco. Así de simple, lo mataron. No fue un daño colateral, ni un accidente, ni menos todavía el castigo tras un juicio justo. 23 balas en el cuerpo de un hombre son, sencillamente, un asesinato.
Y lo mataron por venganza, no por razones de Estado como argumentan los defensores trasnochados de la dictadura.
Lo mataron porque la consigna era 5 opositores por cada escolta muerto el día del atentado al general. José Carrasco estuvo preso 2 años, entre el 74 y el 76, porque hacía política, y la política de izquierda en tiempos de dictadura derechista es el peor de los crímenes. Luego se fue al exilio.
Pero, porfiado como era, volvió al país en 1984 como editor internacional de la revista Análisis. Y seguía haciendo política como dirigente del Movimiento Democrático Popular, (MDP) y en el Consejo Metropolitano del Colegio de Periodistas. Antecedentes demasiado malos para las huestes del gobierno militar. Contar verdades en tiempos oscuros no es bien visto por las dictaduras. Por eso allanaban las oficinas de Apsi, Cauce, Análisis y El fortín Mapocho, por eso acallaban los tambores del Diario de Cooperativa, y José Carrasco formaba parte de ese grupo que se jugaba el pellejo para contar la verdad.
La noche del 7 de septiembre de 1986, la dictadura montó en cólera desesperada tras el atentado al general.
5 escoltas muertos, 12 heridos y la imagen imborrable de Pinochet agradeciendo a la Divina Providencia por salir ileso.
Pero su fe cristiana se diluyó rápido con la orden de soltar a los perros de caza del aparato represivo del régimen.
A pocas horas del atentado sacaron a José Carrasco de su casa y lo crucificaron a balazos para vengar la afrenta del atentado. Aunque no portaba armas de fuego, no preparaba atentados contra generales ni reventaba torres de alta tensión, aunque no batía cócteles molotov en el patio de su casa.
A Pepe Carrasco lo mataron porque manejaba bien el arma más peligrosa para la dictadura, manejaba la verdad, sabía como contarla y tenía donde hacerlo.
Hoy se cumplen 20 años del asesinato de José Carrasco. Algunos de sus asesinos murieron de viejos, y por cierto libres. Otros siguen gozando del privilegio de pasear impunes por las calles de Chile, respirando los aires primaverales de septiembre, quizá un poco molestos, porque sienten que el país ha sido malagradecido con ellos y con la obra del general que un grupo de ilusos intentó liquidar un 7 de septiembre hace ya 20 años.
Mientras, los más esperamos justicia, por Pepe Carrasco y por muchos otros y otras que pagaron cara su porfía de ser decentes. Así están las cosas.
(Leer más)Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.
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