El sol entibia con poca generosidad la mañana parisina. Mochila al hombro con equipamiento básico para nómade urbano en plan de turista.
Cámara+baterías+bufanda+botella de agua sin gas+barritas energéticas de granola+plano de la ciudad+10 boletos de metro. Con eso basta y sobra.
Camino hasta la estación Wangram.
Me sumerjo en el intestino de la ciudad que es el metro y sus docenas de líneas. Aparezco a un costado del Louvre.
Son las 10 de la mañana y la gente deambula en torno a las pirámides de cristal que Francois Miterrand mandó construir en medio de uno de los museos más famosos del mundo.
Descubro la solidaridad fotográfica de los turistas solitarios. Usted me toma una y yo le tomo una a usted. No veo a nadie arrancando con una cámara ajena. Click.
Cruzo la calle desde el Museo al Jardín de Tuileries, por estos días tapizado con las hojas amarillas que anuncian ya el final del otoño.
Jardines sencillos, espejos de agua, sillas metálicas que uno puede mover a su antojo –nadie piensa en llevárselas a casa-, esculturas variadas y uno que otro pajarito revoloteando por ahí.
De Tuileries a Campos Elíseos hay unos cuantos pasos. Decido darlos todos pero me arrepiento a medio camino. De nuevo a las profundidades de la tierra. Ni Julio Verne habría imaginado una red ferroviaria subterránea tan intrincada –pero también tan eficiente- como ésta.
Asomo la cabeza en la estación Trocadero, que sale a la plaza del mismo nombre en laque se levanta el museo del Hombre. Desde su explanada, al fondo y tan imponente como siempre la torre Eiffel.
Atravieso Trocadero cámara en mano. Disparo por gusto. Entre mil fotos alguna buena ha de salir. Cruzo un corto puente sobre el Sena y estoy ya en la base de la torre. Los turistas se amontonan en los pilares que sirven de acceso a la construcción de fierro que antes violentó y hoy enorgullece a los parisinos.
Ya he subido dos veces. No lo haré una tercera.
Sigo caminando por los planos jardines del parque de la Paz, que remata frente a la Escuela Militar con una serie de placas y columnas en las que está escrita la palabra paz en todos los idiomas y dialectos imaginables.
Es hora de buscar otro metro. Tomo mi izquierda (¡siempre!) por una avenida que va a dar a la estación de metro La Tour-Maubourg, justo frente a la embajada chilena y en medio de la plaza Salvador Allende –para que vean-.
Miro el plano del metro, un par de conexiones y volveré a ver la luz en Montmartre. La plaza de los pintores, la iglesia del Sagrado Corazón y el carrousel que aparece en Amelie me dan la bienvenida bajo un sol amarillo tenue, que anuncia que pronto caerá la noche, aunque no son todavía las 5 de la tarde.
Tomo fotos hasta el aburrimiento. Comienza a anochecer. Bajo por una estrecha callecita de adoquines en busca del siempre salvador metro.
Retomo la caminata en los alrededores del Centro Cultural George Pompidou. Un edificio claramente disonante en la cuidada –y sobrerregulada- arquitectura parisina. Una “refinería cultural” con, mucho fierro y tuberías de colores, grandes respiraderos y escaleras a la vista que cobija en su interior una excelente colección de arte moderno, librería, biblioteca, cines, cafés y exposiciones temporales de primer nivel.
El barrio de la Opera será mi última parada del día. Su teatro bien iluminado, aunque por estas fechas en reparación, sirve de eje para un barrio comercial de lujo. Las tiendas ancla del secto Printemps y La Fayette lucen ya sus decoraciones navideñas.
Todo parece elegante. Todo es elegante. Y caro. Muy caro.
Las marcas mandan. “Ya es Navidad en la tienda del lujo”, dice un afiche de Printemps.
La oferta es rica en apellidos: Lacroix, Viutton, Versace, Armani, Dior, Cartier, Dolce y Gabanna…Y no falta la promoción para el regalón de la casa: Por la compra de un reloj Omega lleva tu ipod nano.
Son las 7 de la tarde. Llevo 9 horas vagando por París. Estoy tan satisfecho como cansado. Salgo de la estación Walgram rumbo al hotel cuando comienza a caer una llovizna muy leve.
Hace frío. Unos indigentes se abrigan con lonas y frazadas mientras comparten una botella de alcohol envuelta en papeles sucios. Me acuerdo de Primtemps y La Fayette. Sí claro. Ya es navidad en la boca del metro.











Me dieron nostalgias tus pasos por París, y ganas de revivir las saminatas que hice durante mi viaje, agregando eso sí a la mochila un trípode, polarizador y tele objetivo.
paz