
Bitácora del Capitán Spiff. Jueves 10 de enero. Vuelo LAN Santiago Puerto Montt. 22.00 horas. Debí salir en un Air Comet a las 18.10 de Santiago para llegar a Puerto Montt a eso de las
Hace un par de días, escribí algunos párrafos sobre el valor de la palabra en la política. Hoy me inunda el desencanto y me sobran las ideas sobre el rasquerío del debate político nacional.
Años atrás, me dedicaba a escribir opinión política. Pienso en ello con algo de rubor en las mejillas, ahora que la edad y el sentido común me indican que se trataba de una completa pérdida de tiempo.
Fue hace unos 9 años, pero parece más lejano. A pesar de todo, eran otros tiempos. Quizá hasta era más seria la cosa.
Lo que sí está claro es que para los comentaristas de política ahora todo es más sencillo. Tanto paño por cortar, tanta especulación por hacer, tantas hebras por enredar y tanto rumor por confirmar. Tanto ruido. Tan pocas nueces.
La Renuncia del ministro del Interior, el no-nombramiento del ministro del Interior, la espera para conocer el nombre del ministro del Interior.
Nunca el ministro del Interior fue tan necesario para la opinión pública y para la oposición como en los días en que no hubo ministro titular. Ahora que lo hay, ya no se habla del ministro del Interior.
Durante unos días hubo un ministro suplemente ¿o subrogante? En TVN no supieron explicar la diferencia. Llegaron a suponer que era una maniobra comunicacional del Gobierno.
El diputado por Chiloé denuncia que la ministra de educación sacó menos de 600 puntos en la PAA. Gran cosa. El mismo diputado, días después, celebra la partida del ministro Bitrán y la llegada del ministro Bitar, que es un poco más de lo mismo.
Los hiperventilados abundan, desde el parlamentario opositor que hispanizó su apellido Mapuche –oh sí! Los antepasados de Paya eran Paillacar- hasta el ministro vocero.
-No dudo de las dotes políticas del vocero. Al contrario. Tampoco dudo de su capacidad histriónica. Las primeras no me molestan, las segundas, sí.-
Todos hablan. No importa la coherencia.
La elocuencia –cuando no la grandilocuencia- parece resultar suficiente.
Lo que importa es hablar primero. “Fuerte y claro”, dicen.
Estrategia de comunicaciones barata que no se fija ni mínimamente en el contenido, pues sólo privilegia la forma.
Por eso el cambio de gabinete se realiza en horario prime y la derecha interpela al vocero ahora, y no hace tres años, cuando debió hacerlo.
El debate político se convirtió en un debate piojento. Rasca. Eso es lo que hay, y no sirve de consuelo.










