Bitácora del Capitán Spiff. 20.30 horas Hotel Bourbon. 24 de enero de 2008. Verde. Ese es el color que define a Curitiba.
Jardines botánicos en medio de la ciudad, bosques alemanes y japoneses, barrios italianos y polacos, bibliotecas en las poblaciones, polvorines convertidos en teatros y canchas de fútbol por doquier hablan de una ciudad forjada por inmigrantes que decidió, hace tiempo ya, apostar por el desarrollo sostenible.
En la capital del Estado de Paraná vive un millón y medio de personas.
Roberto Reiquao, un cincuentón de izquierdas, carismático, militante del PMDB y con un aire al actor Antonio Fagundes en la novela El Rey del Ganado, es el gobernador de Paraná.
Su gestión la ha enfocado a fortalecer las empresas públicas. El agua, el retiro de la basura el reciclaje y el tratamiento de residuos están en manos del sector público.
Cuando le preguntaron si estaba disponible para privatizar los servicios sanitarios del estado respondió cortante ?el agua no está en el mercado?.
Curitiba no tiene mar. Sus playas son los parques, según ellos mismos afirman.
Tienen razón.
Al menos una docena de amplias áreas verdes ?todas muy bien cuidadas- dan a la ciudad su sello ecológico, el que se reafirma con una institución dedicada al estudio y cuidado del medio ?la universidad libre del medio ambiente- un récord en cuanto a reciclaje de basura ?el 13 por ciento de los desechos son reutilizados-, un sistema de transporte público eficiente y que no despierta críticas ?aunque los buses son más grandes que los de Transantiago y siempre van llenos- y una cultura ciudadana que respeta la limpieza y el cuidado de la naturaleza.
Pero Curitiba no es la ciudad ideal que sólo existe en la mente de los inconformistas crónicos. La ciudad tiene zonas de pobreza, vendedores ambulantes y comercio ilegal. Tiene prostitutas y delincuentes, algunos hoyos en las veredas y una policía que no siempre pasa la prueba de la transparencia.
Es quizá Curitiba el reflejo de una ciudad que apuesta por el desarrollo desde sus potencialidades, sin hacerse la desentendida de sus problemas y sien caer, al mismo tiempo, en el inmovilismo frente a la larga lista de necesidades y proyectos pendientes.
Si es, con toda claridad, el ejemplo de lo bien que pueden andar las cosas con una gestión de gobierno descentralizada, autónoma en sus niveles estatales y comunales, que cuenta con recursos del Gobierno Central pero que también genera platas propias, con una fuerte carga tributaria para la ciudadanía que reconoce que, a mayores impuestos, más desarrollo.










