
Ser como Barack Obama está de moda entre los políticos chilenos. El triunfo del candidato demócrata despertó un nuevo interés por generar ciertos cambios en el modo de ser de la política nacional.
No sé si se tratará de una conducta generalizada, o si constituirá un ejercicio algo más profundo que la simple moda de sumarse al estilo de los triunfadores. Lo claro es que no son pocos los que quieren ser como el primer presidente negro de los Estados Unidos de América.
En el desenfreno de esta fiebre "Obama", nuestros políticos pierden de vista una cuestión elemental. Lo que funcionó para Obama no necesariamente funciona para todos.
Al contrario, fueron los atributos -naturales o producidos- del candidato demócrata, sumados a las particularidades del contexto en que se realizó la campaña, los que permitieron que este proceso floreciera como un fenómeno pocas veces visto en la sociedad occidental.
Hace algunos días, en medio de la campaña municipal, recibí una inspirada carta de un candidato a Concejal de la Quinta Región. Hablaba de los grandes temas, con una prosa clara y cautivadora. Era un discurso de Barack Obama. El de Iowa, tras las primarias, para ser más precisos.
La gráfica que ilustra este artículo -en la que se compara la imagen utilizada por Barack Obama y la empleada por el alcalde Claudio Orrego en sus respectivas campañas- es otro ejemplo de cómo nos quedamos con la forma.
Personalmente, no creo necesario copiar los colores o los eslóganes de una campaña exitosa.
El concepto del cambio -we need Change- tuvo un buen resultado en la campaña de Obama sencillamente porque era real y se hacia cargo del estado de ánimo de los estadounidenes -y de buena parte de occidente-. El diseño de la campaña -desde sus colores a sus mensajes- atendía a la historia de los estadounidenses y al contexto actual por el que atraviesa esa comunidad. De ahí la fuerza en las ideas de cambio, esperanza y optimismo.
Y a todo ello hay que sumar el carisma del candidato. Su marca personal e intrasferible. Lo que le faltó ahora a MaCainn y antes a Al Gore y que Bush nunca tuvo.
Más que emular las formas, creo en la necesidad de desarrollar aquellos atributos que hacen de un político una persona de excepción, alguien por quien estemos dispuestos no sólo a votar, sino también a comprometernos, apoyarlo y, por sobre todo, a confiar.
Lagos no es Obama. Ni Piñera ni Insulza ni Frei. No son Obama ni Orrego ni Undurraga ni Zalaquet ni Lavín. Y Evelyn Mathei no es Hillary. Y no es necesario que lo sean.
We don´t need another Obama.











