Durante mucho tiempo nos enseñaron que la comunicación era un proceso lineal estructurado sobre la base de dos actores: un emisor y un receptor enlazados en un intercambio de informaciones y estímulos. Esta relación podía graficarse incluso a partir de una línea recta, con un par de aditamentos entre los actores involucrados. Así, al emisor y al receptor bastaba con añadirle un mensaje, un canal y un código para descifrar el enigma de la comunicación.Cuando el receptor comprendía -e idealmente cuando obedecía- la comunicación estaba dada. Buen modelo para describir una orden. Un transporte de palabras cargadas de significado de un lado a otro.
El disenso significaba incomunicación. La división de funciones entre emisor y receptor daba la espalda a un hecho concreto, cuando nos comunicamos somos, a la vez, emisores y receptores. La retroalimentación se da a través del acuerdo y también en el desacuerdo. Y podemos ir más lejos con otra aseveración que haría retorcerse en su tumba a varios teóricos de la vieja escuela: no se puede no comunicar.
Partiendo de la base de que la comunicación es un fenómeno multidisciplinario, quiero compartir desde este espacio algunos elementos que considero de importancia para avanzar en la comprensión de los procesos comunicativos. Las ideas contenidas en estas líneas tienen como base el estudio de algunas teorías clásicas, otras más bien alternativas y, sobre todo, la experiencia personal de trabajo en comunicación pública –que claramente no es mucha, pero en algo sirve-.
Mi aspiración no va más allá de poner en común algunas reflexiones en torno a estos temas y, sobre todo, recibir comentarios que puedan ayudar a enriquecer, complementar o modificar las ideas aquí expresadas.
El enfoque que propongo, que por cierto no es nuevo ni propio, parte de la siguiente convicción. La comunicación no es un proceso que suceda en la realidad, sino que la realidad se construye en la comunicación. Habrá quienes no estén de acuerdo. Ok. También se trata de eso.
Vamos por parte. Cada quien puede tener una imagen de la realidad, diferente de la del resto del mundo, y puede además re-construirla de común acuerdo con otros. Esa realidad que re-construimos con otros es la realidad social, o mejor dicho, la realidad socialmente aceptada como verdadera. Y esa construcción y reconstrucción se hace a través del lenguaje.
La realidad, por lo demás, se construye sobre la base de versiones. No hay verdades absolutas, salvo el hecho de que la verdad absoluta no existe. O como dice el adagio, la única certeza es que somos víctimas de la incertidumbre.
Así las cosas, la verdad o falsedad de mi realidad, no es sino una mera clasificación de ésta, según la apreciación de quien la juzga, sea en solitario o en acuerdo con otras personas. De este modo, la realidad es verdadera o falsa según lo juzgue yo mismo, los demás o nosotros.
Así que la realidad socialmente aceptada es una realidad negociada y, por tanto, subjetiva; tanto o más subjetiva que la individual. Parece complejo, y recién estamos comenzando.










