Hay más de una forma de hacer –y de ser- en política. Pienso en varios parlamentarios que son conocidos por su capacidad para “resolver los problemas de la gente”. Donan trofeos para algún club deportivo, consiguen transporte para un grupo de adultos mayores, gestionan recursos para una junta de vecinos o agrupación cultural y colocan a más de algún conocido en puestos de mediana importancia en el aparato público.
Lo hacen porque tienen recursos, redes e influencias y porque esa acción genera dividendos políticos inmediatos. El compromiso ante el favor concedido se convierte, al final del día, en un voto. Eso se llama clientelismo político. Y en Chile funciona. Y funciona bien para políticos de derecha y de izquierda en tanto mantiene el estado de las cosas tal y como están.
El caso es que esa forma de trabajo no resuelve los problemas de nadie. Puede que los parlamentarios lo sepan y puede que no. Ninguna de las dos opciones es buena. Si no lo saben, es porque ignoran la realidad social del país. Si lo saben, es que están centrados únicamente en el poder y han encontrado una buena manera de mantenerlo en sus manos.
El sistema político chileno tiene un ancho margen. En esa tierra de nadie es posible moverse dentro de la legalidad pero fuera de la legitimidad. Ni hablar de cuestiones éticas. O de decencia. Esos conceptos quedaron fuera de la actividad política. Una lástima. Cada vez más, la política se parece al mercado.
Pienso también en aquellos parlamentarios que comprenden cabalmente que su rol no es el de resolver la carencia de lana y palillos en grupo de artesanas o la falta de kimonos en el club de kárate del distrito.
Ellos saben que su trabajo es generar buenas leyes para el país.
Leyes justas y claras que permitan a las personas de a pie tomar decisiones y hacerse de un poder colectivo propio, de modo que no sean presa del clientelismo.
Leyes que defiendan a los ciudadanos de la colusión farmacéutica, de los abusos laborales, del robo de las isapres y las AFP, de la indolencia de los funcionarios públicos, de las estafas cotidianas que llegan a cada casa junto con cada boleta de luz o de agua, de los brotes de corrupción en las policías.
La gente sabe cuáles son sus problemas, está aburrida de repetirlos. Y se rebela contra el abuso de poder en todas sus formas –desde el sensacionalismo de los medios de comunicación a la indolencia del político pasando por el abuso del empresario-. No es tan difícil de notar, pero hay que aprender a escuchar. Y en eso, nuestros parlamentarios y parlamentarias todavía están en deuda.
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