
En época de elecciones, las encuestas dejan de ser una herramienta estadística para convertirse en un verdadero instrumento político cuyo fin no es otro que el aportar al posicionamiento y consolidación de la imagen que el público se está formando de los candidatos en competencia.
Y
en ese afán no hay mayor pudor. Los distintos bloques nos deleitan con
encuestas exprés paridas por universidades, medios y fundaciones del más
variopinto pelaje. De pronto se cuelan por ahí algunos estudios más serios. En Chile no son más que dos o tres. Al vecino que no vive pendiente de estas materias le cuesta diferenciar los primeros de los segundos.
Las encuestas que se
dedican a buscar el nombre del ganador de la próxima elección son tan entretenidas
como inútiles.
Y ahí se produce la paradoja. La información que
los medios de comunicación destacan respecto de una u otra encuesta suele ser
la menos relevante para la acción política.
Porque siendo prácticos ¿de qué sirve saber anticipadamente el nombre del próximo Presidente? Para el ciudadano de a pie, de muy poco.
Para las opciones políticas involucradas
en las campañas, permite exacerbar la sensación de triunfo o derrota de una
determinada opción o para generar el efecto de sumar los votos blandos al bando
de los virtuales ganadores. Por eso se vuelven importantes las encuestas en esta
época.
Lo que sí resulta útil
de las encuestas políticas bien hechas es que ayudan a conocer en qué grupos de
electores un candidato es más fuerte que otro, dónde tiene espacio para crecer,
qué sectores han quedado marginados del trabajo de campaña, quienes –no cuántos-
votan en blanco o nulo o por el otro
candidato, dónde viven, qué edad tienen, a qué género y grupo socioeconómico
pertenecen.
Ese conjunto de
información, que cualquier encuesta seria genera, permite tomar decisiones
respecto de las acciones, propuestas y discursos a aplicar y posibilita el
diseño o rediseño las estrategias de campaña.
Se trata de datos que por lo general no están disponible en los medios de comunicación que, muy legítimamente, seleccionan aquellos segementos de información de mayor atractivo y más fácil digestión por parte del público.
Algunas opiniones:
Carlos
Zapiola, en laondadigital.com, sostiene que “en política, las (encuestas) que
importan son las que van marcando la evolución de partidos y candidatos que se
dan a publicidad, pero también y mucho, interesan a los mismos partidos y
candidatos esas otras que son restringidas y de uso personal, que muestran
imagen, caminos y rivales a sortear. Hay quienes usan de ellas para crear
imágenes y necesidades de consumo de productos o candidatos. Hay quienes lo
hacen para conseguir votos, partiendo de la premisa que una encuesta influye en
los votantes y el estar bien posicionado ayuda a mantener esos apoyos”.
Robert G. Meadow y Heidi von Szeliski, de Decision Research, afirman que “demasiada gente piensa que las encuestas se hacen simplemente sobre la pregunta clave de la contienda: ¿Si las elecciones se celebrasen hoy, a quién votaría? Pero, de hecho, con esperar hasta el día de las elecciones para saberlo, asunto concluido. Una encuesta se prepara para desarrollar una estrategia, para encontrar argumentos ganadores para la campaña, sus puntos fuertes y sus puntos débiles, y también los puntos fuertes y los puntos potencialmente vulnerables del adversario.
Las encuestas hay que hacerlas enseguida, antes de que la campaña empiece de veras, para que el mensaje, el discurso de anuncio de la candidatura y la propaganda de mano ya vayan orientados según los resultados del sondeo. Es mejor tener el mensaje bien definido de buenas a primeras, que pasarse el resto de la campaña corrigiéndolo. Quizás lo más importante sea que una encuesta le puede indicar qué tipo de mensaje es el más adecuado para según qué grupo de electores, como las mujeres, la tercera edad o gente que viva en determinada zona”.
Textos paralelos:
10 mitos sobre las encuestas, de Robert G. Meadow y Heidi von Szeliski
Entrevista a Marta
Lagos (La Nación, 17 de mayo)
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