
Leía un completo artículo sobre opinión pública y democracia cuando un mensaje SMS que cayó el buzón del teléfono distrajo mi atención. Murió Michael Jackson, decía.
Y si bien hasta ese momento -jueves 25 de junio, a media tarde- los estados de ánimo de la nación oscilaban entre la aceptación y el resentimiento provocado por la fotografía que un grupo de periodistas chilenos se tomó junto al presidente Barack Obama en el marco de la gira de la Presidenta Bachelet a Estados Unidos, la inesperada muerte de Jackson borró todo para proponer una nueva conversación pública.
Los efectos de la foto con Obama, a su vez, habían aplacado en medios y foros la discusión sobre las candidaturas presidenciales.
Pero el deceso del rey del pop simplemente terminó por monopolizar la agenda.
Entretanto, murieron en Chile 20 personas en accidentes de tránsito, se inundó la capital, una comuna entró en pánico ante el anuncio falso de un tsunami, los Krichner sufrieron una estrepitosa derrota, hubo golpe de Estado en Honduras, el gobierno envió un proyecto de ley para garantizar el acceso a la píldora anticonceptiva del día después y, una vez más, la Universidad Católica perdió la posibilidad de jugar una final del campeonato de fútbol nacional.
Sin embargo, nada de eso fue tan importante como la muerte de Michael Jackson.
Estoy retomando la lectura del ensayo sobre opinión pública y democracia de Maricel Portillo, a ver si termino de comprender, o al menos, a ver si comienzo a hacerlo. Y para colmo, Elisa sigue sin aparecer.
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