¿Qué significa hoy ser de oposición en Chile?

Enviado por manuel gallardo fuentes el 23/04/2010 a las 03:44 PM

Hace algunos días me empeñé en la preparación de un texto de carácter político que –en buena parte- giraba en torno a la pregunta ¿Qué significa hoy ser de oposición en Chile? Retomo aquí algunas de las ideas que entraron en el escrito y otras que quedaron fuera.

La mayor parte de quienes se definen hoy como de oposición fueron partidarios, adherentes, simpatizantes o actores del gobierno durante 20 años. Para muchos, ésta es la primera vez –por un asunto de edad- que actúan como oposición democrática a un gobierno de derecha después de poco más de medio siglo, ya sea porque nacieron durante de la dictadura o porque formaron parte de la oposición al régimen militar –con códigos, procesos y riesgos distintos-.

También es nuevo este rol para los que alcanzaron a vivir la experiencia de ser oposición a la derecha republicana pre golpe de Estado, en la década del 60 y más atrás.

La pregunta cobra, desde este contexto, total validez. ¿Qué significa hoy ser de oposición en Chile?

Se me ocurren algunos esbozos para armar una respuesta. Claramente parcial e incompleta.

El concertacionismo, si es que aún se le puede llamar así al bloque de partidos que compartieron el gobierno durante las últimas dos décadas, está recién adecuándose a cumplir su nuevo rol. El primer paso es reorganizarse. En eso no hemos visto un particular avance.

Lo primero que se nota es la falta de un líder aglutinador. Antes era el Jefe de Estado quien, junto con ejercer como Jefe del Gobierno, fungía también como cabeza de la coalición gobernante. Al no haber Presidente, se produce el vacío en el conglomerado. Y como bien dijo algunas vez Ricardo Lagos, los ex presidentes son como los jarrones valiosos, uno no sabe muy bien dónde ponerlos. 

El proceso de recomposición política de la oposición –como bloque y en cada partido por sí solo- será lento, no puede ser de otro modo. No puede ser sin discusiones ni debates, pero de ideas, no de cotilleos. Se puede aceptar que sea lento, no que sea lento y, además, mediócre.

Es imprescindible, entonces, definir un curso de acción que permita establecer los ritmos y los contenidos que al bloque opositor le interese que se constituyan en su sello y que, a la vez, le allanen el camino para volver al gobierno –porque de eso se trata ¿no?-.

Ser oposición hoy implica tomar una nueva conducta basada en posiciones claras, que por un lado defiendan aquellos principios y acciones que han inspirado históricamente a la centro izquierda, y por otro, que propongan también nuevos cursos de acción en un escenario que es novedoso no sólo porque cambió la correlación del poder, sino porque Chile cambió profundamente –o al menos se expresó de un modo muy distinto al que creíamos conocer- después del terremoto del 27F.

Me indican que la oposición al gobierno de Piñera debería ser una oposición inteligente, menos centrada en atacar a la persona y más enfocada a demostrar los profundos errores y las contradicciones severas que ha dejado ver el Ejecutivo durante sus primeros días a cargo de la conducción del país. Es posible que así sea, pero para lograrlo requiere establecer coordinaciones básicas. Y salvo honrosas excepciones, esas coordinaciones brillan, pero por su ausencia.

El Presidente comprende que para gobernar hacen falta ideas, no importa si no son propias. La rápida negociación de la Ley de Donaciones es un ejemplo. Visto así, la fiscalización del tipo “caza-piñera” no sirve. La gente la lee como una frescura, porque el tejado de los fiscalizadores es, en varios casos, de vidrio.

La reconstrucción del país es un buen escenario para el asentamiento de la oposición. Fiscalización + Propuestas es la clave.

Ser oposición significa cambiar códigos. La Concertación no tiene ya la responsabilidad de gobernar y eso ensancha claramente su campo de acción. Cambiar el lenguaje. Escuchar más. Hablar menos, pero con más contundencia. Si asumimos que ser oposición es el resultado de una derrota, es posible instalar una idea de resiliencia en la acción y el discurso.

Y ser oposición significa también entender los códigos de esta derecha que hoy nos gobierna. Ellos en su momento hicieron ese trabajo. Y lo hicieron bien. Comprendieron dónde había que apretar, qué había que decir, qué promesas ofrecer y qué puertas tocar para tener más votos. Claramente resultó. Enterémonos: MEO no tuvo toda la culpa de la derrota concertacionista.

Hace falta una nueva narrativa de la centro izquierda –asumiendo que ya no hubo diáspora y que la Concertación sigue respirando-. La épica del NO es, a estas alturas, una bella historia que en su momento encantó a muchos y dio todos los resultados que pudo dar. Pero ya no más.

Superada la épica del NO ¿Con qué historia la oposición nos va a encantar ahora? La pregunta no tiene nada de irónico. Es una necesidad que la suma de partidos que opera bajo el nombre de la Concertación debe resolver si quiere renacer como una opción competitiva en 4 años.  O en 8. O en 12.

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