No soy adepto al fútbol. De hecho, ni siquiera puedo reconocer con claridad una posición de adelanto. Pero me gustó ver jugar a Chile. Y me gustó lo que provocaron. Me gustó que por un día en Chile todos fuéramos Lonconao, que incluso en los anti indigenistas brotara esa curiosa rebeldía contra España, aunque España, una vez más, se quedara con todo.
Fracasamos, dicen. No lo sé. Desconozco cuál era la medida del triunfo ¿Campeonar? ¿Pasar a cuartos de final? ¿Ganarle a España y/o a Brasil? Si esa era la meta, claro, podemos hablar de fracaso.
Cuando Chile clasificó al Mundial 2010, el ex técnico de la selección Acosta señaló, con no poca arrogancia, que al combinado nacional le quedaba por demostrar si podía superar la valla que dejó el plantel en Francia 98. Pues bien, la superó. Mejor desempeño, más puntos, más partidos ganados. Mejores, en definitiva.
Desde mi ignorancia futbolera y en mi calidad de pelotero circunstancial, la pasé bien con estos partidos de Chile. Eso me basta para afirmar que le debo cierta gratitud a este seleccionado nacional. Y como entiendo que esto es un proceso, imagino que no esperaremos otros 12 años para ver a Chile peloteando nuevamente en un campeonato del mundo. Nada más. Y nada menos.




Periodista, Licenciado el Comunicación Social, postitulado en Comunicación Pública, ha trabajado en medios de comunicación, instituciones públicas y universidades. También ha oficiado como asesor de comunicaciones en campañas políticas.







