El reciente cierre de Diario 7 ha reanimado el debate sobre la necesidad de contar en Chile con medios de comunicación independientes ?al menos en cuanto a sus pautas- y acerca del rol que debiera jugar el Gobierno en el financiamiento de éstos. ¿Por qué estos medios no duran, si hacen falta? ¿Por qué el Gobierno no pone plata en ellos y prefiere a los de derecha?, son algunas de las interrogantes que nos asaltan cuando sabemos que un medio de comunicación baja la cortina...
Estableciendo de entrada que lamento profundamente el cierre de Diario 7, quiero dejar constancia ?por si alguien no lo sabe? que en dicho medio participó desde sus inicios el conglomerado COPESA, dueño de la Tercera, La Cuarta y la Revista Qué Pasa, entre otros. La apuesta de COPESA era replicar el ejercicio de algunas grandes cadenas que, en un mismo país, manejan los medios de derecha, los de centro y los de izquierda, los serios y los sensacionalistas, no con fines conspirativos ?al menos no necesariamente- sino bajo la premisa de la segmentación de públicos. La misma razón fue la que llevó al Grupo Cisneros a definir la línea de Chilevisión como un medio ?progresista? en un espectro televisivo en el que el concertacionismo y la izquierda no se sentían representados por los canales existentes. Las ideologías también pueden ser un nicho de mercado. Estos elementos nos otorgan una base algo ingrata de asimilar, pero bastante realista: Los medios de comunicación en Chile no son un servicio a la comunidad, son una empresa, como cualquier otra, en la que éxito está definido por la presencia de números azules en los libros de cuentas. Así de duro, así de simple. Los medios tradicionales se financian en virtud del avisaje ?ni siquiera de la venta de ejemplares-. Y el avisaje llega de acuerdo a las reglas del mercado, es decir, porque el diario es único ?un producto diferenciado o sin competencia- porque tiene una marca reconocida e instalada, o porque cuenta con estrategias de comercialización efectivas. Las noticias, lamentablemente, juegan un rol secundario en este espectro. Como ejemplo de ello sirve cualquier ejemplar de Las Ultimas noticias. Un diario diferenciado, leído y bien vendido, tanto así que es el más comprado en el país y sus páginas suelen exhibir abundante publicidad?Y no trae noticias. De vuelta al tema. Cada vez que en Chile desaparece un medio de comunicación lloramos su pérdida. Lloramos al Fortín, lloramos por la Revista Hoy, lloramos por La Epoca y estamos llorando por el 7, y siempre nuestro primer argumento apunta al rol que juega ?o más bien que deja de jugar- el Gobierno en este asunto. La solución a las penurias económicas que obligan al cierre de los medios podría solucionarse fácilmente ?argumentan muchos- con el financiamiento estatal a través de la publicidad. Tengo mis reservas sobre el particular. El apadrinaje de los medios por parte de los gobiernos no parece una alternativa saludable para éstos. Cuando se plantea colocar la publicidad ?y por ende las platas- no donde ésta sea más efectiva, sino para asegurar la supervivencia de un medio, se corre un riesgo alto, tan alto como que el medio pueda perder su independencia a la hora de abordar ciertos temas. Me podrán decir que el Gobierno pone sus morlacos en El Mercurio y aún así ese diario escribe lo que quiere y la autoridad no lo presiona, y por último siempre está el argumento "político" !para qué pone la plata en un medio de derecha!. Pues bien, el Gobierno pone la plata en el Mercurio porque es el medio más creíble para una buena parte de la ciudadanía, porque es el que leen las elites que mueven el capital, porque es el que hojean aquellos que se pueden interesar por los llamados a licitación, las ventas de bases y por toda esa mecánica confusa que se da el gobierno para llamar a concurso sobre temas tan variopintos como el concurso de arquitectura para el internado de Puerto Gala o la concesión de la autopista del sol. El Mercurio escribe lo que quiere porque, sencillamente, sabe cuánto pesa y porque su existencia no depende de cuánta plata le ponga o no el Gobierno. Y el gobierno pone la plata ahí porque está haciendo negocios, no ayuda social. Ayuda social es la que hace con La Nación?y todos conocemos la imagen de La Nación, más allá de que, como producto, el diario en cuestión no sea malo y saque algunos reportajes interesantes el día domingo. Desde hace tiempo que no se atreve, eso sí, con uno que cuestione al Gobierno, el último fue hace más de un año, estaba relacionado con INDAP, y no salió en la fecha que estaba previsto porque fue censurado. Finalmente, el reportaje se publicó y junto con él se publicó también la carta de renuncia del director y de medio equipo de redacción?Esos son los riesgos que se corren cuando la vida de un medio depende de un auspiciador exclusivo e influyente, en este caso público. También podría pasar con un privado, pero esa es otra historia.
El cierre de diario 7
El reciente cierre de Diario 7 ha reanimado el debate sobre la necesidad de contar en Chile con medios de comunicación independientes ?al menos en cuanto a sus pautas- y acerca del rol que debiera jugar el Gobierno en el financiamiento de éstos. ¿Por qué estos medios no duran, si hacen falta? ¿Por qué el Gobierno no pone plata en ellos y prefiere a los de derecha?, son algunas de las interrogantes que nos asaltan cuando sabemos que un medio de comunicación baja la cortina...
Estableciendo de entrada que lamento profundamente el cierre de Diario 7, quiero dejar constancia ?por si alguien no lo sabe? que en dicho medio participó desde sus inicios el conglomerado COPESA, dueño de la Tercera, La Cuarta y la Revista Qué Pasa, entre otros. La apuesta de COPESA era replicar el ejercicio de algunas grandes cadenas que, en un mismo país, manejan los medios de derecha, los de centro y los de izquierda, los serios y los sensacionalistas, no con fines conspirativos ?al menos no necesariamente- sino bajo la premisa de la segmentación de públicos. La misma razón fue la que llevó al Grupo Cisneros a definir la línea de Chilevisión como un medio ?progresista? en un espectro televisivo en el que el concertacionismo y la izquierda no se sentían representados por los canales existentes. Las ideologías también pueden ser un nicho de mercado. Estos elementos nos otorgan una base algo ingrata de asimilar, pero bastante realista: Los medios de comunicación en Chile no son un servicio a la comunidad, son una empresa, como cualquier otra, en la que éxito está definido por la presencia de números azules en los libros de cuentas. Así de duro, así de simple. Los medios tradicionales se financian en virtud del avisaje ?ni siquiera de la venta de ejemplares-. Y el avisaje llega de acuerdo a las reglas del mercado, es decir, porque el diario es único ?un producto diferenciado o sin competencia- porque tiene una marca reconocida e instalada, o porque cuenta con estrategias de comercialización efectivas. Las noticias, lamentablemente, juegan un rol secundario en este espectro. Como ejemplo de ello sirve cualquier ejemplar de Las Ultimas noticias. Un diario diferenciado, leído y bien vendido, tanto así que es el más comprado en el país y sus páginas suelen exhibir abundante publicidad?Y no trae noticias. De vuelta al tema. Cada vez que en Chile desaparece un medio de comunicación lloramos su pérdida. Lloramos al Fortín, lloramos por la Revista Hoy, lloramos por La Epoca y estamos llorando por el 7, y siempre nuestro primer argumento apunta al rol que juega ?o más bien que deja de jugar- el Gobierno en este asunto. La solución a las penurias económicas que obligan al cierre de los medios podría solucionarse fácilmente ?argumentan muchos- con el financiamiento estatal a través de la publicidad. Tengo mis reservas sobre el particular. El apadrinaje de los medios por parte de los gobiernos no parece una alternativa saludable para éstos. Cuando se plantea colocar la publicidad ?y por ende las platas- no donde ésta sea más efectiva, sino para asegurar la supervivencia de un medio, se corre un riesgo alto, tan alto como que el medio pueda perder su independencia a la hora de abordar ciertos temas. Me podrán decir que el Gobierno pone sus morlacos en El Mercurio y aún así ese diario escribe lo que quiere y la autoridad no lo presiona, y por último siempre está el argumento "político" !para qué pone la plata en un medio de derecha!. Pues bien, el Gobierno pone la plata en el Mercurio porque es el medio más creíble para una buena parte de la ciudadanía, porque es el que leen las elites que mueven el capital, porque es el que hojean aquellos que se pueden interesar por los llamados a licitación, las ventas de bases y por toda esa mecánica confusa que se da el gobierno para llamar a concurso sobre temas tan variopintos como el concurso de arquitectura para el internado de Puerto Gala o la concesión de la autopista del sol. El Mercurio escribe lo que quiere porque, sencillamente, sabe cuánto pesa y porque su existencia no depende de cuánta plata le ponga o no el Gobierno. Y el gobierno pone la plata ahí porque está haciendo negocios, no ayuda social. Ayuda social es la que hace con La Nación?y todos conocemos la imagen de La Nación, más allá de que, como producto, el diario en cuestión no sea malo y saque algunos reportajes interesantes el día domingo. Desde hace tiempo que no se atreve, eso sí, con uno que cuestione al Gobierno, el último fue hace más de un año, estaba relacionado con INDAP, y no salió en la fecha que estaba previsto porque fue censurado. Finalmente, el reportaje se publicó y junto con él se publicó también la carta de renuncia del director y de medio equipo de redacción?Esos son los riesgos que se corren cuando la vida de un medio depende de un auspiciador exclusivo e influyente, en este caso público. También podría pasar con un privado, pero esa es otra historia.
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Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.
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