Una apacible tarde de domingo, rodeado del cariño de los suyos ?que quizá no eran demasiados, pero nunca tan pocos- dejó este mundo Augusto Pinochet. Falleció a pocos días de haber cumplido 91 años ?unos 15 más que la expectativa media de vida de los chilenos-, mientras se recuperaba de un ataque cardiaco internado en una de las mejores clínicas del país, el Hospital Militar.
Hoy ese recinto, como todas las unidades militares del territorio nacional, luce la bandera chilena a media asta.
Pinochet nunca pisó un recinto penitenciario en calidad de procesado ni menos aún de condenado. No pagó por los crímenes que se cometieron bajo su prolongado mandato. Si bien sus seguidores incondicionales ?y algunos aparecidos de última hora- rescatan y glorifican ?la obra? de su gobierno, el certificado de ingreso a la historia del general dice claramente ?dictador?. Aunque 2 mil desaparecidos no sean tantos, como alguna vez él mismo argumentó.
En lo público, la figura de Pinochet siempre generó divisiones en el país. Durante los últimos tiempos, más por la tozuda incondicionalidad de sus fieles y la férrea protesta de sus detractores que por la relevancia política del personaje que, dicho sea de paso, era ya bastante escasa. ?General, General, lo venemoh a saludar!!!? coreaban para su santo y su cumpleaños grupos de leales señoras que, permanente recién hecha y foto del general en ristre, se formaban ordenadamente en las afueras de la residencia del ex dictador, dibujando un triste remedo de los honores militares que recibía habitualmente Pinochet con ocasión de sus festejos particulares. Fueron las mismas que lo lloraron mientras estuvo detenido en Londres y son las mismas que, con lágrimas sinceras, también lo lloran hoy.
La presencia de Pinochet en la discusión pública dejó de ser política desde su regreso de Londres. El último año, las noticias sobre su persona tenían que ver o con su estado de salud o con las acusaciones sobre apropiación indebida de recursos. La derecha chilena hace tiempo que no consideraba a Pinochet. El maquillaje derechista de fines de los 80 y principios de los noventa no bastaba para estos tiempos. El mal no se podía ocultar con un make up, había que hacer cirugía plástica y extirpar la presencia molesta. Y así nomás fue.
La muerte de Pinochet viene a cerrar un capítulo de la historia del cual ?me imagino- tenemos varias lecciones por extraer, no sólo sobre las razones que motivaron el golpe de estado y una dictadura de 17 años, sino también sobre nuestra capacidad como país para resolver materias de derechos humanos y aplicar justicia. Y en ese tema, con el general, quedamos en deuda.
No me conmueve la muerte del general. Tampoco me motiva al extremo tal de salir a celebrar porque, sencillamente, siento que su muerte no significa un triunfo sobre el dictador o un castigo para sus actos. El hombre se murió de viejo, y libre. Eso a mi modo de ver. Quien quiera celebrarlo y sienta que tiene motivos para ello, que lo haga, en su casa o en la calle. Quien quiera llorarlo, que lo llore donde mejor le plazca. Hubo unos cuantos que dieron la pelea para que ambos bandos tengan hoy esa libertad. Porque los odios y los amores se viven con intensidad, no admiten argumentos de razón, ni toleran recetas dictadas desde la comodidad de un laptop durante una tarde calurosa de domingo.
Adiós general. Adiós carnaval
Una apacible tarde de domingo, rodeado del cariño de los suyos ?que quizá no eran demasiados, pero nunca tan pocos- dejó este mundo Augusto Pinochet. Falleció a pocos días de haber cumplido 91 años ?unos 15 más que la expectativa media de vida de los chilenos-, mientras se recuperaba de un ataque cardiaco internado en una de las mejores clínicas del país, el Hospital Militar.
Hoy ese recinto, como todas las unidades militares del territorio nacional, luce la bandera chilena a media asta.
Pinochet nunca pisó un recinto penitenciario en calidad de procesado ni menos aún de condenado. No pagó por los crímenes que se cometieron bajo su prolongado mandato. Si bien sus seguidores incondicionales ?y algunos aparecidos de última hora- rescatan y glorifican ?la obra? de su gobierno, el certificado de ingreso a la historia del general dice claramente ?dictador?. Aunque 2 mil desaparecidos no sean tantos, como alguna vez él mismo argumentó.
En lo público, la figura de Pinochet siempre generó divisiones en el país. Durante los últimos tiempos, más por la tozuda incondicionalidad de sus fieles y la férrea protesta de sus detractores que por la relevancia política del personaje que, dicho sea de paso, era ya bastante escasa. ?General, General, lo venemoh a saludar!!!? coreaban para su santo y su cumpleaños grupos de leales señoras que, permanente recién hecha y foto del general en ristre, se formaban ordenadamente en las afueras de la residencia del ex dictador, dibujando un triste remedo de los honores militares que recibía habitualmente Pinochet con ocasión de sus festejos particulares. Fueron las mismas que lo lloraron mientras estuvo detenido en Londres y son las mismas que, con lágrimas sinceras, también lo lloran hoy.
La presencia de Pinochet en la discusión pública dejó de ser política desde su regreso de Londres. El último año, las noticias sobre su persona tenían que ver o con su estado de salud o con las acusaciones sobre apropiación indebida de recursos. La derecha chilena hace tiempo que no consideraba a Pinochet. El maquillaje derechista de fines de los 80 y principios de los noventa no bastaba para estos tiempos. El mal no se podía ocultar con un make up, había que hacer cirugía plástica y extirpar la presencia molesta. Y así nomás fue.
La muerte de Pinochet viene a cerrar un capítulo de la historia del cual ?me imagino- tenemos varias lecciones por extraer, no sólo sobre las razones que motivaron el golpe de estado y una dictadura de 17 años, sino también sobre nuestra capacidad como país para resolver materias de derechos humanos y aplicar justicia. Y en ese tema, con el general, quedamos en deuda.
No me conmueve la muerte del general. Tampoco me motiva al extremo tal de salir a celebrar porque, sencillamente, siento que su muerte no significa un triunfo sobre el dictador o un castigo para sus actos. El hombre se murió de viejo, y libre. Eso a mi modo de ver. Quien quiera celebrarlo y sienta que tiene motivos para ello, que lo haga, en su casa o en la calle. Quien quiera llorarlo, que lo llore donde mejor le plazca. Hubo unos cuantos que dieron la pelea para que ambos bandos tengan hoy esa libertad. Porque los odios y los amores se viven con intensidad, no admiten argumentos de razón, ni toleran recetas dictadas desde la comodidad de un laptop durante una tarde calurosa de domingo.
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Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.
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