Salario mínino, salario ético

Bitácora del capitán Spiff. 10 de agosto 2007. Cielo chileno, sobre las parcelas de Chillán, rumbo al sur. El snack de Lan Chile es tan paupérrimo como el sueldo mínimo. Es cierto que en la hora y tres cuartos que dura el viaje de Santiago a Puerto Montt no hace falta una comida contundente, pero dado que la mayoría de los pasajeros paga más de 120 mil pesos por pasaje, no sería mala alguna atención adicional. Miro desde la ventanilla el cuadriculado de los campos chillanejos. Imagino el daño de las heladas recientes y otros más profundos, como los problemas de las temporeras, que trabajan mucho y ganan tan poco, o la pobreza rural de los pequeños propietarios. En fin vuelvo al tema del salario mínimo, o del salario ético, para atender a la discusión de moda en los medios durante la semana que hoy termina. ¿Qué será un salario ético? ¿El que un empresario decide?, ¿el que calcula y/o subsidia el gobierno? ¿lo que el trabajador aspira a ganar? ¿el que permite vivir sin deudas? A primera vista, pareciera que la derecha, una vez más,  se apropió del discurso de la izquierda. Oh Sorpresa! la sensibilidad social dejó de ser atributo del progresismo. Hace tiempo ya de eso. El empreario más grande de Chile plantea que hay que subirle el sueldo a los pobres. Y que además debe ser el Estado el que lo garantice.

 

 

 

La aspiración de mejorar los salarios es absolutamente razonable. Resolver esa aspiración se hace necesario. Pero no me queda tan claro el mecanismo a seguir ni me convence la idea de que sea el Estado el que deba asegurar un piso salarial.

 

Porque el rol subsidiario del Estado no consiste en compensar la planilla de sueldos de las grandes empresas, de las multitiendas o las constructoras, se hace necesario buscar mecanismos mediante los cuales sean los empleadores los que aseguren la dignidad de la remuneración que le pagan a sus trabajadores.

Capitalistas para las ganancias y socialistas para repartir las pérdidas. Más de lo mismo. Y de uno y otro lado siguen las comuniones con ruedas de carreta.

 

Falta, vaya novedad, una postura clara del Gobierno. Y más aún, del empresariado. El del presidente de la Conferencia Episcopal fue un buen gesto, lo que uno espera del cura, a saber, que se preocupe por los pobres, los desposeídos, por los quintiles más bajos de nuestra sociedad desproporcionada en la repartija de la riqueza.

 

Un buen gesto que, parafraseando la parábola del sembrador, ojalá caiga en terreno fértil y no entre las piedras y la maleza, donde parece haber ido a dar el debate de estos días.

 

 

 

 

 

 

 

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Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.

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