Mala leche

Bitácora del capitán Spiff. Vuelo 272 a Puerto Montt. 21 horas y 23 minutos. El Airbus 320 de Lan va repleto. Al observar el comportamiento de los pasajeros, es fácil concluir por qué un plan como Transantiago no resulta en Chile. Es una cuestión de raza. Pareciera existir una predisposición a hacer la vida incómoda al prójimo de manera inversamente proporcional al espacio que se comparte. Mientras más estrecho el pasillo, más grande el afán por estorbar.

Una guagua llora ante la mirada displicente de un padre parado entre fila y fila, cuyo rostro no trasluce si es relajado o derechamente inepto.

Una niñita, que estuvo una hora jugando en la sala de embarque, decide ir al baño en plena operación de ingreso al avión.

Un joven, que tiene pasillo en la fila 23, insiste, insiste e insiste en que le liberen un asiento para ir junto a su mamá, que va en la ventana de la fila 12.

Mientras, una señora de rubio artificial y pantalones animal print demasiado ajustados para su avanzada edad, está determinada a meter su maleta donde no cabe, ante la mirada inquieta de un grupo de pasajeros que se amontonan en el pasillo, porque nadie espera. Como si no supieran que el avión no parte si no están todos sentados. Finalmente, y tras varios e infructuosos esfuerzos, la valija se va al compartimento de carga.

Ajenos a su entorno ?como siempre, a decir verdad-, dos diputados de la Alianza, senados en la quinta fila, comentan a viva voz la idea de declarar feriado también el 31 de diciembre. ¿Querrán bailar el Koala desde temprano para despedir el año?

El avión despega de manera impecable. Ya estabilizados, el capitán se empeña en saludar a los pasajeros en inglés cuando la realidad demuestra que pilotea mucho mejor que lo que parlotea.

El padre de la guagua llorona ?relajado o inepto, la duda persiste- se pasea ahora por el pasillo tomando cerveza y comiendo maní ¿será una expresión de su real naturaleza?. La madre ?con cara de anegación o fastidio, no lo sé- intenta calmar a su retoño, que ahora chilla como cerdo a las puertas del matadero. Imagino que deben dolerle los oídos y, lo reconozco, me alegra. Así sufrimos todos.

Hay una fuerte turbulencia. El hijo que no pudo finalmente sentarse junto a su madre está asustado. Edipo le teme a las alturas.

A mi lado, un anciano no asumido ?de esos que usan chaqueta de cuero con hebillas y se dejan crecer unas pocas mechas para convertirlas en una escuálida cola de caballo- está turnio como Krischner, pues se ha sentado junto a él una rubia alta como sueldo de salmonero, que le baja el perfil a sus rasgos faciales marcadamente masculinos con una falda notoriamente corta y un también notoriamente ajustado top.

Dejo hasta aquí la bitácora, con el convencimiento claro de que, si al dejar de teclear me chupo los dedos, muero envenenado. Y no creo que haya bolsas para cadáveres en el avión.

 

 

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Manuel Gallardo Fuentes, Periodista, Especializado en Comunicación Pública y Comunicación Política, siguiendo MG en Comunicación Estratégica y Marketing Corporativo.

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