Bitácora del Capitán Spiff. 30 de noviembre de 2007. Hoy comencé a participar de un Foro de autoridades locales europeas, latinoamericanas y del Caribe que aborda, entre otros temas, el de la cohesión social. Se puso de moda hablar de cohesión social. Foros variopintos y hasta cumbres presidenciales han tenido por centro de debate y reflexión a la cohesión social, que se alza hoy como la nueva gran medicina para resolver la enfermedad del subdesarrollo.
Pero lograr cohesión social no es sencillo. Y quizá tampoco sea la solución. Bien dijo Hugo Chávez que en el infierno están todos bien cohesionados.
La cohesión no parece más que una ilusión en países donde, como en Chile, las brechas existentes entre los que tienen y los que no tienen son tan evidentes.
Y en Chile hay, por lo menos, tres chiles distintos que no hacen contacto en ninguna de esas tres condiciones.
Está el Chile de los empresarios, -emprendedores, como se hacen llamar-, de los MBA en la Adolfo Ibáñez, de las páginas sociales, de la exportaciones y de la Revista Capital. El Chile que piensa sobre el desarrollo del país desde Casa Piedra o Espacio Riesco. Desde Expansiva o Libertad y Desarrollo. El Chile donde el que gana mucha plata, quiere más.
Está el Chile de la pobreza marginal, de las pandillas, del Programa Puente, de los campamentos, del raggaetón y la cumbia villera. El Chile que se oculta en los extramuros de las ciudades y en los bordes del día y la noche. El Chile moquillento que pide una “monea” a la salida del banco. El que no fue nunca a la escuela, pero sabe fabricar armas hechizas y duplicar DVDs. El que no puede reinsertarse ni rehabilitarse, porque nunca estuvo inserto ni habilitado.
No puede haber cohesión cuando el empresario paga poco y mal a sus empleados y cuando el Estado no logra garantizar educación de calidad para todos y todas.
Tampoco la hay cuando la movilidad social se confunde con la obtención de status social y cuando el empleado pone más empeño en no hacer su trabajo que en hacerlo.










