Están profundamente equivocados los que afirman que la puesta al aire de “Los Archivos del Cardenal” provoca una división en la sociedad chilena. Cuando más, la emisión de la serie de TVN está dejando de manifiesto que, a más de dos décadas de su fin, la dictadura sigue manteniendo divididos a los chilenos.
Por un lado, están aquellos que ven en “los Archivos…” un duro retrato de tiempos hostiles en los que reinaba el miedo y la violencia. Por otro se alinean los que intuyen una intencionalidad política tendiente a reabrir heridas del pasado y a provocar una división política en el país en tanto -afirman- la serie ofrecería una mirada parcializada y subjetiva de los hechos ocurridos entre 1973 y 1989 en Chile.
Vámonos enterando de una buena vez señores. Chile está dividido desde hace rato. Entre hospitales y clínicas. Entre escuelas y colegios. Entre universidades públicas y privadas. Entre dos grandes bloques políticos. Entre los que tienen y los que no tienen. Entre los que pueden y los que no pueden.
Y también está dividido entre los que sufrieron y rechazan la dictadura y los que la extrañan y la justifican.
Son éstos últimos lo que, con descaro, han sacado la voz mayoritariamente. Los mismos que siguen afirmando que “el país estaba en guerra”, que las dictaduras de izquierda también aplican la violencia, que había que erradicar el “cáncer marxista”, que “el trabajo de inteligencia era necesario”. Honestamente, no logro comprender qué puede haber de inteligencia en fusilar campesinos y ocultar sus cuerpos en un horno abandonado, en degollar a un grupo de profesores y dejar sus cuerpos tendidos a la orilla de un camino rural, en quemar viva a una estudiante universitaria o en envenenar a un anciano ex Presidente de la República.
Tampoco parece muy inteligente negar la realidad. Los que prefieren que nunca se emitan series como “Los Archivos del Cardenal” son los mismos que en un minuto dicen que lo que pasó estuvo bien que pasara y que al siguiente afirman que es mejor no hurgar en las cicatrices de la memoria.
Los que promovieron la violencia como política de Estado hoy exigen el derecho a ser tratados con justicia. Los que quemaron libros, intervinieron universidades, cerraron diarios y radios y aplicaron censura a la información ahora claman porque los hechos sean abordados con objetividad y rigor histórico.
El caso es que hay verdades incómodas y dolorosas. Afortunadamente, ocultarlas o negarlas ya no es posible ni presentable. Ya no se pueden tapar con tierra en un horno de cal, no se pueden hundir en el mar amarradas a un trozo de hierro ni se pueden silenciar pasando un corvo afilado por el cuello de aquel que piensa que otro mundo es posible.
Y los que no quieren ver esas verdades, pues bien, que se cocinen en su caldo. O que cambien de canal.











